Por Sergio Aladio
Durante años, la Argentina centró su debate económico en cómo producir más: más campo, más industria, más exportaciones. Sin embargo, evitó una pregunta clave: cómo llegar al mundo de manera eficiente.
Hoy, en un escenario global que cambió profundamente, ya no alcanza con producir. La competitividad está determinada por la capacidad logística. En ese terreno, el país corre en desventaja.
La idea de una globalización sin distancias quedó atrás. Crisis recientes —como la pandemia o conflictos internacionales— volvieron a poner en primer plano el peso de la geografía. Un ejemplo claro es el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial: un punto geográfico capaz de impactar en toda la economía global.
En ese contexto, Argentina enfrenta una paradoja: cuenta con recursos, territorio y salida al mar, pero no logra traducir esas ventajas en competitividad. Los problemas son estructurales: altos costos logísticos, limitaciones portuarias, largas distancias internas y una ubicación periférica respecto de los grandes mercados.
Mientras otros países invierten en infraestructura, desarrollan corredores estratégicos y planifican su inserción global, Argentina continúa enfocada en soluciones parciales. La logística sigue siendo tratada como un aspecto técnico, cuando en realidad es una cuestión política y estratégica.
La eficiencia en el transporte y la conexión con los mercados definen quién exporta, quién crece y quién queda rezagado. Sin una política logística clara, cualquier modelo de desarrollo enfrenta límites inevitables.
El desafío no pasa por descubrir nuevos recursos, sino por tomar decisiones estructurales: modernizar puertos, mejorar la infraestructura, fortalecer la integración regional y ubicar la logística en el centro de la agenda.
En el mundo que viene, no ganará el que más produzca, sino el que mejor conectado esté.
Y en esa carrera, llegar tarde ya no es una anécdota: es un costo.